13 de septiembre de 2010

A leer

A propósito de las reiteradas situaciones de broncas que casi terminan a las trompadas, propongo una reflexión interior e individual para encontrar el porqué de estas situaciones tan seguidas. ¿El objetivo? Apartar a un costado esos encontronazos violentos para poder disputar un partido con todas las ganas, sin la necesidad que estos encuentros sabatinos se transformen en un territorio bélico, de guapos o matones.

He aquí el extracto inicial de un cuento escrito por Roberto Fontanarrosa que se llama "¡No te enloquesá, Lalita!"

El más sorprendido fue Chalo cuando (no iban ni cinco minutos de empezado el partido) el Lalita se cruzó toda la cancha y le entró muy fuerte y abajo a Pascual y Pascual, aún antes de caer pesadamente junto a la línea del área, le preguntó al Lalita por que no se iba a la recalcada concha de su madre puta. Pensándolo bien, recordaba luego Chalo (los brazos en jarra, algo alejado del quilombo) antes de empezar, había escuchado a los muchachos conversando mientras se cambiaban en ese vestuario de mierda y Polenta se había dicho que, seguramente, Pascual y Lalita se iban a cagar a trompadas otra vez. Es más -rememoró Chalo, viendo como los muchachos trataban de separar a los calentones- Salvador lo había cargado bastante a Pascual preguntándole si esa tarde lo iban a echar de nuevo por cagarse a trompadas con el Lalita.
- ¿Será posible? -pasó a su lado el ocho de ellos, buen jugador, callado-. Siempre lo mismo con estos dos infelices.
- Cosa de locos -dijo el Chalo, tocándolo en la panza, en gesto de amistad.
- ¡Aprendé a jugar al fútbol, choto de mierda! -gritaba, ya de pie, Pascual, contenido a medias por Norberto.
- ¡Sí, seguro que vos me vas a enseñar, pajero! -respondió Lalita.
- ¿Ah no? ¿Ah no? ¿No te voy a enseñar yo? ¿No te voy a enseñar yo? Sabes comó te enseño, la puta madre que te parió!
- ¡Seguro! ¡Vos me vas a enseñar, forro! ¡Vos me vas a enseñar a jugar al fútbol!
- ¡Choto de mierda, en la puta vida jugaste al fútbol, sorete!
- ¡Vos me vas a enseñar, maricón!
- ¡Sorete, sos un sorete mal cagado!
Tal vez ese concepto de "maricón" exaltó más a Pascual, que se libró del esfuerzo de Norberto y se le fue encima al Lalita. El Alemán se abalanzó para agarrarlo, con Prado y el flaco Peralta. El referí pegaba saltitos en torno al tumulto como un perro que no puede zambullirse en una pelea multitudinaria.
- ¡Pero dejalos que se maten! -gritó desde lejos el cuatro de ellos-. ¡Dejalos que se maten de una vez por todas esos boludos!
- ¡Así nos dejan jugar tranquilos!
- ¡Vení, vení a enseñarme, maricón! -insistía Lalita, contenido por sus compañeros, viendo como Pascual se debatía entre una maraña de brazos.
- ¡Callate, pelotudo! -se anotó, desde lejos, Hernán, con escaso sentido de la oportunidad en el uso del humor-. ¡Si vos tuviste poliomelitis de chico y no te dijeron!
- ¡Pero pisale la cabeza a ese conchudo! -saltó de pronto Antonio corriendo también hacia Lalita-. ¡Siempre el mismo hijo de puta ese hijo de puta!
Allí Chalo pensó que el conflicto se generalizaría.
- ¡Antonio! ¡Antonio! -trato de pararlo el Negro.
- ¡Agarralo! ¡Agarralo, Pedro!
- ¡Hijo de mil putas, la otra vez hiciste lo mismo! -recordaba Antonio, medio estrangulado por un brazo de Pedro, las venas del cuello a punto de estallar, la cara roja como una brasa.
- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés vos? -Lalita se volvió hacia Antonio, estirando el mentón hacia adelante. Dos de ellos lo agarraron de la camiseta y otro de la cintura.
- ¡Te hacés mucho el gallito porque nuncan te han puesto una buena quema!
- ¡Aflojá, Lalita, no seas boludo!
- ¡Te echan, pelotudo, te van a echar!
- ¿Qué querés vos? ¿Qué querés negrito villero y la concha de tu madre?
- ¡Tito! ¡Paralo, carajo, paralo!
- ¡Cortala, cinco, no te metás que es peor!
- ¡Pará, Mario, pará!
- ¡Te voy a reventar, la concha de tu madre! -Pascual se había zafado de los que lo contenían y corría en un movimiento semicircular hacia su enemigo tratando de eludir los nuevos componedores que se le interponían. Chalo se dejo caer sentado sobre el césped sin llegar a entender demasiado bien como se podía armar semejante quilombo cuando incluso algunos no habían llegado siquiera a tocar la pelota (como él). Miró al dos de ellos y enarcó las cejas en señal de complicidad.
- ¿Podés creer, vos? -dijo el otro, parado en el círculo central y acomodándose los huevos. Escupió a un costado.
Prácticamente todos los muchachos, sin olvidar al tío del Perita (fiel y único hincha del "Olimpia" se habían metido en la cancha y estaban separando a los beligerantes. Eran dos grupos que se movilizaban en bloque, hacia atrás o hacia adelante, correlativos unos con otros, como dos arañas negras y deformes, de acuerdo a los impulsos mas o menos homicidas de los contendientes.
- ¡Vos me vas a venir seguro a enseñar a jugar al fútbol, sorete! -la seguía Lalita-. ¡Seguro que vos me vas a venir a enseñar!
- ¡No te enloquesá, Lalita! ¡No te enloquesá! -repetía una voz aguda, desde afuera, como un sonsonete.
- ¡Choto de mierda! ¡Choto de mierda! -Pascual se atragantaba con las palabras y despedía por la boca una baba blanca, casi acogotado por los compañeros-. ¡Claro que te voy...! ¡Choto de...! -obnubilado, no encontraba los mas elementales sinónimos para enriquecer sus agravios y recaía siempre en las mismas diatribas-. ¡Choto de mierda! ¡Chotazo!
El árbitro, apreciando un claro en el tumulto, dió dos zancadas mayúsculas hacia adelante, manoteó el bolsillo superior y anunció a Pascual.
- ¡Señor! -y le plantó una tarjeta roja incandescente frente a los ojos.
Pascual ni lo miró. Después el árbitro giró con la misma aparatosidad, caminó tres pasos hacia Lalita y repitió el gesto de la mano en alto, como dando por terminado el problema. A Pascual ya se lo llevaban hacia el costado. Lalita caminaba medio ladeado, aplastado en parte por el peso de sus compañeros, buscando todavía con los ojos a su rival, respirando fuerte por la nariz, como un toro.
- ¡Dejame! ¡Dejame, Miguel! -pidió, sofocado, y hasta llegó a tirar un par de piñas a sus amigos.
- Ya está, Lalita -le recitaba el cuatro al oído-. Cortala.
El lungo que jugaba al arco le pasó un par de veces la mano por el pelo, comprensivo, pero el Lalita apartó la cabeza, negándose a la caricia.
- ¡Señores! ¡Señores! -gritó el referí-. ¡Miren! ¡Miren! -y mostró la fatídica tarjeta roja casi oculta en la palma de la mano, como una carta tramposa-. ¡No la guardo! ¡No la guardo! ¡La tengo en la mano! ¡Al primero que siga jodiendo lo echo de la cancha! ¿Estamos? -y salió corriendo para atrás, elástico, señalando con la mano donde debía ponerse la pelota-. ¡Juego, señores!
Y decían que no había que joder mucho con ese árbitro. Que era cana. Que siempre andaba con un bufoso dentro del bolso. Así le había contado Camargo al Chalo, porque lo conocía de la liga de Veteranos Mayores, los que están entre los 42 y la muerte.

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