31 de octubre de 2010

Libre pensamiento VIII

Llegué tarde al kirchnerismo, lo reconozco. “Somos hijo de la 125”, posteó mi amigo Gustavo López acerca de su ingreso y el de su esposa Cecilia a este proyecto político. Lo mío fue más tardío aun. Tuvieron que pasar las elecciones del 28 de junio y lo que vino después para que definitivamente me sintiera adentro. Ojo, no me arrepiento de no haberlo hecho antes. Me pegué unos cuantos raspones de desilusión durante la reciente historia democrática argentina y me volví más desconfiado a la hora de abrazar una causa política. Me acuerdo haberlo entrevistado a Juan Manuel Abal Medina, poco después de la derrota de Néstor ante De Narváez. En ese momento, yo creía que el kirchnerismo estaba acabado y que el máximo horizonte al que podía aspirar era a llegar con cierta dignidad a diciembre de 2011. A pesar de la adversidad, Abal Medina trasuntaba optimismo. Le pregunté con qué herramientas contaba el Gobierno para revertir la situación. “Profundizando el modelo”, me contestó. Sinceramente, me pareció una de las tantos cliches a los que suelen recurrir los políticos para salir del paso. Pero tenía razón: después de aquella fecha y contra todos los manuales de estilo que marca la realpolitik desde la dictadura para acá, el Gobierno no obedeció a lo que le reclamaba el establishment sino que instaló una agenda claramente de centroizquierda: nacionalización de las AFJP, Ley de medios, Asignación Universal por Hijo, Ley de Matrimonio Igualitario…Y habiendo perdido la mayoría en el Congreso, más profundiza un programa de un gobierno popular: ley de entidades financieras, reforma de la Carta Orgánica del Banco Central, distribución de las ganancias entre los obreros. Y de golpe, me pregunté: ¿cómo no voy a apoyar a este Gobierno, si está poniendo en marcha muchas de aquellas medidas esperadas durante tanto tiempo y que ningún otro se animó o no quiso implementar? A esto hay sumarle todas aquellas políticas que desde un principio me llevaron a ver al kirchnerismo con simpatía, aunque no con la suficiente como para votarlo: reforma de la Corte Suprema, nulidad de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, recuperación de la intervención del Estado en la economía, cambio de paradigma en las relaciones exteriores dejando de lado las “relaciones carnales” y apostando fuertemente por la integración latinoamericana, autonomía frente a los organismos financieros internacionales, la decisión consecuente de no reprimir la protesta social y pagar altísimos costos políticos por ello, como el desabastecimiento de las ciudades y el corte de un puente internacional, pese a que los actores sociales que llevaron a cabo esas protestas no fueron precisamente los más desprotegidos y abandonados.
¿Y si había tantas cosas a favor ya desde antes, por qué no me identifiqué de entrada con el kirchnersmo? Posiblemente por lo mismo que me cuesta definirme como peronista, pese a la enorme identificación histórica que siento con muchas de las acciones políticas tomadas durante el período 1945-1955.
Hay muchas cosas de este proceso que no me gustan: el crecimiento económico exponencial de los Kirchner en estos años, los negocios con empresarios como Lázaro Báez, Cristóbal López y Ezkenazi, las alianzas políticas con impresentables como Rico, Ischi, Granados y otros tantos barones del conurbano, la persistencia por sostener a funcionarios escandalosamente corruptos como Ricardo Jaime, la falta de transparencia en la administración de los recursos de la obra pública (tan necesaria, por cierto), la resistencia a darle la personería gremial a la CTA, la incapacidad para aceptar las disidencias aun de aquellos que están dentro del proyecto, el haber depositado el dispositivo mediático en personajes deleznables como Hadad y Szpolski, el vaciamiento y manipulación del Indec…
Pero también a lo largo de estos siete años cambié la percepción de otras cosas. Me generaba mucha desconfianza el compromiso de Kirchner con el juicio y castigo a los que violaron los derechos humanos, cuando durante la dictadura se hizo ricos aprovechando los remates hipotecarios de la 1050; también la contradicción entre su discurso antinoventista y el apoyo explícito a la privatización y enajenación de YPF en sus épocas de gobernador o la guerra a muerte contra Clarín, pese a que durante su primer mandato mantuvo una excelente relación y permitió que desarrollara todos sus negocios. Pero la decisión de ir a fondo en los tres aspectos, como lo hizo, me hizo dar cuenta que su intención no fue –como sospechaba en un principio- pegar para después negociar. Enfrentó en serio a los poderes que se esconden detrás de cada uno de estos aspectos como no lo hizo ningún otro presidente. Cabe preguntarme ahora si aquellas acciones contradictorias del pasado no fueron producto del pragmatismo que todo político con vocación de poder necesita tener. Y en definitiva, ¿no es mejor que la contradicción se de en este sentido y no como la de haber estado preso durante la dictadura y luego indultar a los dictadores asesinos, como sucedió con otro presidente?

Por todo esto, creo que el mayor aporte que nos deja Kirchner con su muerte es el de obligarnos a ser más rigurosos a la hora de pensar y opinar. Como dijeron algunos durante estos días, volvió a poner a la política en el centro de la escena y la política como tal nos obliga a darnos cuenta que los razonamientos simplificadores nos lleva a grandes errores. Con su gestión y su muerte, siento que Kirchner nos interpela. Aunque no haya sido esa su intención. Pero sería bueno que lo aprehendamos.

Como puso Artemio López en su blog: “(Kirchner) Asumió con menos votos que desempleo, 24% de trabajadores desocupados; se fue del gobierno con 8,7%. Tuvo que enfrentar 54% de pobreza, dejó su gobierno con 26%. Cuando Néstor revoleaba el bastón presidencial, en mayo de 2003, el 27% de los argentinos pasaba hambre bajo el umbral de la indigencia, se retiró con 8,7%. Fue por esto solamente el mejor presidente que tuvo el país desde la recuperación democrática”.

Por estas y aquellas razones, hoy me siento kirchnerista.

Pablo Galand

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