Diversificar la integración política
Año 4. Edición número 170. Domingo 21 de agosto de 2011
Colombia representa en términos demográficos el tercer país de América latina y, en materia económica, la cuarta economía de la región. Se trata sin dudas de una nación importante aunque si por algo se había caracterizado fuertemente en las últimas décadas era por haber estado íntimamente emparentado con la política de Estados Unidos para la región. Aquel vínculo, tuvo a la experiencia del presidente Uribe (2002-2010) su punto culmine cuando sin sonrojarse propuso –contradiciendo la historia de la región– la intervención militar norteamericana para acabar con el problema de la guerrilla que sufría su país. Aquel alineamiento ideológico uniforme con el imperio constituyó una bandera política irrenunciable durante mucho tiempo, situación que había llevado a Colombia a un enfriamiento en las relaciones con la región cuando no a un aislamiento pronunciado.
El presidente Santos, funcionario destacado de aquella administración, estaba al llegar al poder ante una encrucijada: mantener la política de inserción histórica, esto es, el vinculo estrecho con la política y la economía de Estados Unidos o bien –sin dejar su lógica liberal de lado– establecer una relación política más madura y abierta con el mundo en general y la región en particular. Del convencimiento ideológico al pragmatismo sin escalas, Santos optó claramente y planteó una diversificación en su inserción tanto política como económica. El encuentro de esta semana con la presidenta Cristina Kirchner y las sucesivas giras por la región y el mundo dan muestra del cambio. Es que el mundo pensado históricamente por la diplomacia colombiana ha cambiado y describe una situación donde el poder de las potencias está siendo cuestionado como pocas veces. Diversificar esa inserción no sólo era mirar a China, sino también a una región latinoamericana que mostró crecimiento, estabilidad y madurez. De ahí el acercamiento que se verifica no solamente en los acuerdos económicos alcanzados, sino básicamente en el nivel de coincidencias políticas obtenidas en el breve tiempo de su presidencia. El restablecimiento de la relaciones con Ecuador y Venezuela, la cual tuvo al ex presidente argentino Néstor Kirchner como un mediador infatigable, la inclusión en la Unasur y su rol de presidencia compartida, su protagonismo en la organización de la reunión de ministros de Economía de la semanas anterior donde se intentaron crear mecanismos de defensa ante la crisis financiera internacional constituyen también indicadores de aquel giro. En el pensamiento de Santos, y aun cuando Colombia junto a Chile y Honduras, salvando sus evidentes diferencias, representan expresión más liberal en la región, parece clara la idea de que la fortaleza presente y futura del país depende también de su inserción a un concierto regional que ahora además le ofrece novedosas e infrecuentes garantías políticas y económicas de inclusión. Además, observa que esta nueva relación, más abierta y cordial menos aislada y más digerible, también ofrece un beneficio en comparación con la belicosidad de su antecesor.
En este nuevo contexto regional, donde la inclusión de las mayorías y la integración aparecen como los grandes objetivos de gobiernos más propensos a los intereses generales que a los intereses corporativos, el giro de la diplomacia colombiana debe ser bienvenido. Se fortalece así una integración sin encierros ideológicos y se abriga a un país tan importante como entrañable y complejo. No parece mal frente a la turbulencia de un mundo que cíclicamente castigó a una región cuyos integrantes preferían cien años de soledad antes que la unión.
El presidente Santos, funcionario destacado de aquella administración, estaba al llegar al poder ante una encrucijada: mantener la política de inserción histórica, esto es, el vinculo estrecho con la política y la economía de Estados Unidos o bien –sin dejar su lógica liberal de lado– establecer una relación política más madura y abierta con el mundo en general y la región en particular. Del convencimiento ideológico al pragmatismo sin escalas, Santos optó claramente y planteó una diversificación en su inserción tanto política como económica. El encuentro de esta semana con la presidenta Cristina Kirchner y las sucesivas giras por la región y el mundo dan muestra del cambio. Es que el mundo pensado históricamente por la diplomacia colombiana ha cambiado y describe una situación donde el poder de las potencias está siendo cuestionado como pocas veces. Diversificar esa inserción no sólo era mirar a China, sino también a una región latinoamericana que mostró crecimiento, estabilidad y madurez. De ahí el acercamiento que se verifica no solamente en los acuerdos económicos alcanzados, sino básicamente en el nivel de coincidencias políticas obtenidas en el breve tiempo de su presidencia. El restablecimiento de la relaciones con Ecuador y Venezuela, la cual tuvo al ex presidente argentino Néstor Kirchner como un mediador infatigable, la inclusión en la Unasur y su rol de presidencia compartida, su protagonismo en la organización de la reunión de ministros de Economía de la semanas anterior donde se intentaron crear mecanismos de defensa ante la crisis financiera internacional constituyen también indicadores de aquel giro. En el pensamiento de Santos, y aun cuando Colombia junto a Chile y Honduras, salvando sus evidentes diferencias, representan expresión más liberal en la región, parece clara la idea de que la fortaleza presente y futura del país depende también de su inserción a un concierto regional que ahora además le ofrece novedosas e infrecuentes garantías políticas y económicas de inclusión. Además, observa que esta nueva relación, más abierta y cordial menos aislada y más digerible, también ofrece un beneficio en comparación con la belicosidad de su antecesor.
En este nuevo contexto regional, donde la inclusión de las mayorías y la integración aparecen como los grandes objetivos de gobiernos más propensos a los intereses generales que a los intereses corporativos, el giro de la diplomacia colombiana debe ser bienvenido. Se fortalece así una integración sin encierros ideológicos y se abriga a un país tan importante como entrañable y complejo. No parece mal frente a la turbulencia de un mundo que cíclicamente castigó a una región cuyos integrantes preferían cien años de soledad antes que la unión.
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