vuelve el pobre a su pobreza,
vuelve el rico a su riqueza
y el señor cura a sus misas.
......
Se acabó,
que el sol nos dice que llegó el final.
Por una noche se olvidó
que cada uno es cada cual.
Vamos bajando la cuesta
que arriba en mi calle
se acabó la fiesta
Extracto de “Fiesta”, de Joan Manuel Serrat
Terminó el opio. Nos lo incautaron de un cachetazo esos alemanes descendientes de algún loco que alguna vez quiso ser el dueño del mundo. Que supieron levantarse de sus ruinas dos veces y llegar a ser potencia mundial, integrar el G-7 y liderar el mundo futbolístico junto a Brasil, conformando el dúo invencible de las selecciones que cada cuatro años son los favoritos a quedarse con la copa del mundo.
Esos alemancitos que juegan muy bien, cuyos 23 jugadores participan en la Bundesliga, casi desconocidos para el estrellato futbolero, sin formar parte de rimbombantes publicidades, conformando un plantel interracial, dándose el lujo de sumar jugadores negros de nombres y apellidos portugueses o africanos más polacos a sus filas. Ellos seguirán una semana más, para alegría de Angela Merkel, que estaba en el palco tratando de abstraerse de los problemas políticos internos. Al menos por varios días más la primer ministro podrá depositar bajo la alfombra sus escabrosos temas gracias a los muchachos dirigidos por un técnico que se saca los mocos y se los come. (¿Acaso esa no es una actitud más sudaca que de un pulcro y educado alemán?)
Y nosotros aquí, con nuestras miserias. Intentando digerir mediante alguna sal efervescente o remedio milagroso estos cuatro malos bocados con los que nos atragantamos. Terminada esta fiebre mundialista volverá todo a la normalidad: inseguridad en el gran Buenos Aires, el centro porteño estará intransitable, cada gremio de la CGT reclamará “de manera injusta” o “sin sentido” un incremento salarial, abusarán de una persona adulta mayor para robarle su jubilación, los hijos de Noble serán víctimas y victimarios y volveremos a estar fuera del mundo, cambiando el celeste y blanco de la bandera por el rojo furioso del populista Chávez.
En los segmentos o secciones deportivas saldrán a opinar, llenando espacio radial y televisivo, los profetas del bien, subiéndose al púlpito para defenestrar al gran Diego Armando aquellos que “veían venir esto” cuando sus alocuciones giran a través de resultados. Deberemos tolerar a las sandeces de Miembro, Sanfilippo, Pasman, Closs y tantos otros panqueques.
Las empresas periodísticas mandarán a sus cronistas a encontrar declaraciones de algún protagonista que haya estado en Sudáfrica con la necesidad de derramar sangre porque deberán tener material de aquí al lejano Apertura. Retomarán el tema de los delincuentes (barras bravas) para conocer quién y cómo se financió su viaje. Y buscarán que hable Don Julio para conocer si nuestro D10s terrenal será crucificado o le daremos la posibilidad de la resurrección: Muerto el Rey, ¡Viva el Rey! Todo por un resultado de un simple partido de fútbol. De aquí al 2014 tenemos cuatro años para cicatrizar nuestras heridas
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