Tras una polémica jugada (...una vez que hago un gol, de zurda, con caño incluido, me lo anulan la ç·&ª¿%...) se dio un falta para los cuarentones a centímetros del área. Desde el fondo, el barbado defensor llegó caminando parsimoniosamente, dejó el hacha a un costado de la cancha, se calzó la camiseta del Beto Alonso, sacudió el caucho de la punta de su zapatilla y esperó el tiro libre.
Mientras la barrera verde se acomodaba aguardando el característico remate fuerte, él observaba. La habilitación se dio, la pelota fue jugada hacia atrás; el muchacho, con la camiseta seis, ubicó de lleno su pie derecho sobre la base del blanco balón, este se elevó suavemente, superando la cabeza de los jugadores que se encontraban frente a él y las manos del estilizado Pante, cayendo muy lentamente por sus espaldas depositándose en la red.

Tremendo golazo (nominado al mejor del año) convertía el hachero de tobillo maltrecho, sorprendiendo a propios, adversarios y hasta a él mismo.
Era la frutilla de un postre exquisito que los vetes le habían hecho degustar a los purres.
Fue un gol acorde al partido que habían jugado los cuarentones (el mejor del año). Los naranjas, que para la ocasión incorporaron a Juan Manuel y Carlitos, descollaron. Todo estuvo basado en la invencibilidad del gran Chassman, que fue decisivo; las gambetas, caños y velocidad desequilibrante de Gustavito, ambos superlativos. A ellos dos se acoplaron Juan Manuel, que prevaleció reiteradamente por la derecha con su ida y vuelta; Da, que se animó a jugar; Carlitos, con su acostumbrado dribleo, además los tres llegaron con claridad al área rival. A esto se sumó la firmeza defensiva de Gustavo.

Fue un partido completo de los anaranjados (A tal punto que en un momento el marcador estuvo 7 a 0). El 10 a 3 final refleja contundencia y superioridad futbolística ante un equipo purre, que si bien tuvo llegadas claras, jamás funcionó como conjunto y se desmoronó a medida que llegaban los goles vetes. Esta vez los jóvenes cayeron sin ningún atenuante.
En el atardecer, cuando todo ya había concluido, el muchacho se acercó al alambrado, tomó nuevamente su hacha, la miró unos segundos y le pidió perdón por haberla abandonado. Su infidelidad, al menos esta vez, había valido la pena.
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